jueves, 21 de agosto de 2008

La vieja red

Nada podía haber mejor en todo el mar que recorrerlo junto a los demás delfines, escuchando el rebote de sus ecos por entre las rocas y los arrecifes. Sacar la cabeza sobre las olas mientras sentía sus pulmones hincharse de aire fresco, saltar sobre el agua y hundirse de nuevo a navegar decidiendo qué corriente, fría o cálida, le apetecía seguir.

Jugar junto a la vieja red era siempre excitante. El sol, el tiempo y las algas, en vez de descomponerla, la habían vuelto cada vez más resistente, hermosa e intrigante. Las historias que contaban los mayores sobre ella eran innumerables. Las de animales heroicos que conseguían escapar tras años de lucha sólo eran una minúscula muestra. La mayoría hablaban de lo hermosa que era, tanto que incluso los cadáveres que quedaban atrapados lucían una espléndida sonrisa mientras reflejaban sus brillos irisados y se mecían con ella. Aquel día estaban tan ensimismados contemplándola, que sintieron demasiado tarde el susurro del tiburón acercándose. Su esbelto cuerpo se confundía con los del resto de la manada en medio de aquel caos de sangre y gemidos de pánico y muerte.

Cuando despertó, el delfín estaba confuso. Recordaba aquel momento mágico junto a la red mientras el horror de la cacería intentaba desvanecerse de su mente. Casi asfixiado, apenas podía ver más que sombras y sus ecos eran demasiado débiles para distinguir nada. Por fin le pareció sentir una figura familiar: el perfil de la aleta dorsal de un magnífico ejemplar que se le acercaba lentamente.

― ¿Qué ha pasado? ―preguntó por fin.
― ¿No lo recuerdas? ―contestó una extraña voz.
― No.
― Yo te salvé.
― ¡Me salvaste del tiburón! ¿Cómo?
― Justo cuando iba a atraparte, te empujé dentro de la red, donde ya no te podía comer.

El delfín se quedó sin habla por un momento. Así que este nuevo compañero le había apartado de aquel terrible asesino.

― Pero aquí atrapado moriré asfixiado de todos modos. Aunque esa bestia no pueda devorarme, pronto serviré de alimento a los peces más pequeños ―replicó casi sin aliento.
― No temas. Yo me ocuparé de ti. Tengo fuerza de sobra para alzarte con mi lomo por encima de las olas. ¿Ves? Ahora puedes coger aire.

El delfín pudo por fin llenar sus pulmones. Con su renovada fuerza, observó la red. Pronto encontró una zona algo dañada. Aquella trampa no era nada para su enorme inteligencia. Comenzó a moverse para seguir desgastándola, con cuidado de no enredarse más. Justo cuando ya era tan fina como la seda, su amigo le increpó:

― Pero, ¿qué haces? ¿Te has vuelto loco? ¿No ves que, con lo débil que estás, esos hilos tan finos se te clavarán en la carne y te la desgarrarán? ¿Acaso quieres que tu sangre alerte a todos los tiburones del océano?
― Pero si no escapo pronto, moriré de hambre.
― Tú estás a salvo ahí dentro mientras yo estoy aquí solo, expuesto a nuevos ataques. Yo tampoco puedo comer, entretenido como estoy en subirte a cada rato a respirar. ¿Así es como me agradeces mi ayuda?

Aquello era lo más bonito que nadie había hecho por aquel delfín. Sin duda, era un gesto propio de las fascinantes aventuras que sólo podían suceder en la vieja red. Aquel extraño estaba arriesgando su vida por ayudarle a él. En esta ocasión, ellos dos eran los protagonistas.

― Te ruego que me perdones.
― Bueno… Esta situación no va a poder durar mucho más así ―reflexionó su colega―. Tenemos que hacer algo, y pronto. Está claro que sin mí te asfixiarías. Pero como no puedo alejarme para buscar alimento, pronto me quedaré sin fuerzas y moriremos los dos.
― Eso nunca. No te importe salir a buscar pececillos. Soy muy fuerte. Puedo aguantar mucho sin respirar. Ve sin miedo.
― De acuerdo. Pero quiero que sepas que no voy a buscar comida para mí, sino para ti. Te traeré todo el pescado que encuentre. Cuando hayas recobrado fuerzas, podrás romper la red sin miedo a que te descarnes.

Así lo hicieron durante días. El delfín permanecía quieto, al borde de la extenuación, hasta que su instinto por respirar podía más que él. Entonces, todo su cuerpo se encabritaba en un desesperado intento de alcanzar la superficie. Y con cada uno de aquellos movimientos, la red se envolvía más y más a su alrededor.

Su compañero cada vez parecía tardar más en volver. Cuando por fin regresaba, el delfín se estremecía de júbilo. Sin embargo, el pescado que le traía era cada vez más pequeño y ya apenas había hueco por donde hacérselo llegar.

― Empiezo a cansarme de todo esto ―dijo un día su salvador―. No sé qué pinto yo aquí. Al fin y al cabo, el idiota que no supo escapar del tiburón fuiste tú y no yo. No sé por qué tuve que prometerte que no comería hasta que tú salieras. Será que creí que eras un delfín inteligente. Pero ni siquiera sabes aguantar la respiración sin moverte. Mírate: tú solito te has enredado. Ya ni siquiera se ve la zona desgastada de la red. ¿Cómo pretendes salir ahora? De tu boca ya apenas sale un susurro. ¿Cómo vas a pedir ayuda a tus hermanos? Claro que, si a ellos les importaras, ya habrían venido a buscarte. Fíjate: antes venían aquí a jugar casi a diario. Ahora no vienen nunca de la vergüenza que les debe dar verte.
― Tienes toda la razón. Soy un idiota. Te suplico que me perdones por ello.
― ¿De qué me sirven tus disculpas? Si me miraras, te darías cuenta de lo flaco que estoy. Pero a ti no te importan mis esfuerzos. Tú sólo piensas en respirar, mientras yo me muero de hambre. Yo te ayudo constantemente pero… ¿qué es lo que haces tú por mí?
― Tienes toda la razón. Ojalá hubiera algo que yo pudiera hacer para pagarte tanto sacrificio.
― Yo te doy mi alimento, y tu no me das el tuyo.
― Pero yo no tengo alimentos que darte.
― ¿Cómo que no? ¿Qué me dices de tus espléndidas aletas? Las tienes ahí, escondidas dentro de la red. ¿Para qué las quieres, si no puedes moverte? A mí me podrían dar la fuerza que necesito para sacarte.
― ¡Sí que soy estúpido! ¡Estúpido y egoísta! Espera, que voy a intentar sacarlas.

El dolor de las dentelladas habría sido insoportable de no ser por el enorme alivio de saber que estaba haciendo lo único que podía ayudar a ambos. Por un breve momento quiso creer que era posible volver a sentirse libre, libre al fin. Y aunque aquel intento fracasase, al menos sus queridas aletas continuarían el ciclo de la vida fuera de aquella prisión, gracias al único ser que todavía le amaba en este mundo.

― Hasta tu carne es mala. No me da fuerzas ni para pestañear ― protestó al tragar.

El delfín, al oír aquello, quiso morir. Comenzó a enredarse una y otra vez, en un intento desesperado de salir fuera de aquella cárcel, aunque su cuerpo tuviera que quedarse allí dentro por siempre.

― Pero ¿qué haces? ―protestó su compañero― ¡Ah! Ya entiendo. Te sientes mal porque te he dicho que tu carne es mala. Bueno, comprende mi situación… son cosas que se dicen por los nervios. Te prometo que no volveré a decirte nada semejante nunca más. Aunque si tu carne es mala, es mala. No querrás que mienta. Y, en cualquier caso, eso no te da derecho a dejarme ahora. ¿Dónde iba a ir yo, en este lamentable estado en que me he quedado por tu culpa?

Y con esto, volvió a alejarse a buscar comida. Pero en esta ocasión, el tenue eco de los gemidos del delfín alcanzó los refinados oídos de una ballena. Aquello era el llanto de un mamífero amigo. Sin dudarlo, se acercó a prestar socorro.

― Veo que necesitas ayuda.
― ¿De qué hablas? Tengo todo lo que necesito y más. Ya quisieran muchos tener, como yo, un amigo que se preocupe de ellos, dispuesto a sacrificar su vida sin obtener nada a cambio.
― Ese amigo que dices no será el tiburón que te ha metido dentro de esta red ¿verdad?
― ¿De qué tiburón hablas?
― Del que estaba hablando contigo hace un momento.
― No es ningún tiburón. Vosotras, las ballenas, os creéis de puro viejas que sois que lo sabéis todo. Pues te equivocas. Es un delfín como yo. No, mejor que yo. Mucho mejor que yo.
― Crees que es un delfín porque desde esa trampa en la que estás no puedes ver nada. Pero te aseguro que es un tiburón. Lo conozco bien. Suele merodear por esta vieja red. Es de los que les gusta capturar los mejores delfines y dejarlos atrapados. Disfruta viéndolos humillarse y consumirse mientras a él le dan las gracias porque creen que cuida de ellos.
― Eso no es verdad. Él no es así.
― Claro que lo es. Confía en mí.
― ¿Por qué iba yo a confiar en ti? Tú eres una ballena. Mi amigo me ha advertido sobre vosotras. Vais por ahí creyéndoos las reinas de los mares. Os encanta llamar la atención, siempre empeñadas en cambiar las cosas. Os dedicáis a vararos en las playas para que todos os vean. Sois tan pesadas que habéis conseguido hasta que os consideren en peligro de extinción y que dejen de cazaros. Os creéis que por viejas y gordas tenéis que tener la razón en todo. Lo único que hacéis es el ridículo. Déjame en paz. Tú no eres de los míos.
― ¿Cómo que no soy de los tuyos? Yo también necesito aire para respirar. Mamé leche de mi madre, igual que tú. Y también utilizo sonidos para comunicarme y ecos para reconocer lo que me rodea. Ese tiburón que dices que es tu amigo sí que es diferente. Su madre no le acompañó mientras era pequeño. Tiene que escapar de sus semejantes para que no se lo coman. Mira con su olfato y no se comunica como un mamífero marino ¿es que no te has dado cuenta?
― Pero tú comes plancton, estás gorda y tienes barbas. Él come peces y su cuerpo es esbelto, con dientes y aleta dorsal… es igual que yo.
― Si pudieras verlo desde fuera de esa red te darías cuenta el acto de que es un tiburón.
― No es posible, ha hecho grandes cosas por mí.
― Dime una.
― Me salvó la vida cuando me atacó el tiburón.
― O sea, que te salvó de sí mismo. ¡Menuda heroicidad! Dime otra.
― Me ayuda a respirar.
― No necesitabas ayuda para eso hasta que él te metió en la red. Vamos, inténtalo otra vez.
― Me alimenta.
― ¿Necesitarías que te alimentaran si no estuvieras encerrado? Anda, dime otra.
― Es el único amigo que me queda. Ninguno se ha interesado por mí en todo este tiempo.
― ¿Te sorprende que tus antiguos amigos no vuelvan por aquí con un tiburón merodeando?
― Si me quisieran vendrían a pesar de todo.
― ¿Y él te quiere?
― Claro que sí.
― ¿Y cómo explicas que te diga cosas horribles sólo para hacerte daño?
― No lo hace para hacerme daño, no. Además… supongo que no es de extrañar, si como dices ha tenido una infancia tan difícil…
― ¿Y cómo se explica que te haya comido las aletas?
― Pues… verás…
― Deja de engañarte. Yo puedo guiarte para que salgas de aquí. Yo también puedo alzarte para que respires. Contra mí el tiburón no puede hacer nada. Tienes que aprovechar las pocas fuerzas que te quedan para escapar. Pero tendrás que hacerlo tú. Yo sólo puedo decirte cómo debes moverte para que salgas de la red sin enredarte aún más.
― ¿Y quién iba a cuidar de mí cuando saliera? Mira cómo estoy. Débil y sin aletas, moriré pronto. Nadie querrá ocuparse de mí.
― Un mamífero marino no niega auxilio a un semejante. Tu manada no te dará la espalda.
― No querrán ni mirarme.
― Son tu familia.
― Yo no quiero que me vean así. Prefiero morirme a que vean en qué me he convertido.
― Eso es lo que dices porque ahora estás sufriendo. Créeme. He ayudado antes a otros delfines. Los llamaré para que los veas. Ellos mismos te convencerán y también podrán ayudarte. Algunos estaban mucho peor que tú. A pesar de todo, ahora recorren el mar junto a los demás, escuchando el rebote de sus ecos por entre las rocas y los arrecifes. Sacan la cabeza sobre las olas mientras sienten sus pulmones hincharse de aire fresco, saltan sobre el agua y se hunden de nuevo a navegar decidiendo qué corriente, fría o cálida, les apetece seguir…
― Sí, yo también fui así una vez… pero recuperar eso ya es imposible.
― ¡Claro que es posible! No es fácil, pero si quieres, volverás a vivir plenamente mucho antes de lo que crees. Ahora, contéstame: ¿quieres que te ayudemos?


Loren García IOH, enero 2005

4 comentarios:

carlos. dijo...

No te conozco de nada, solo por comentar a Nepo, y a Él tampoco le conozco de nada, solo sus mundos, pero me ha fascinado el relato este.

Felicidades! veo q es de hace unos años, pero deberias pensar en escribir algo más.

Un seguidor de nepo, eride y ahora tuyo.

Don Peperomio dijo...

bueno, bonitas rayas de diálogo...

Nepomuk dijo...

Gracias

Pablo dijo...

Es precioso el relato... me recuerda a La decisión de Anne, pero precioso igualmente. Como para soltar alguna lagrimita. Aunque es triste ver blogs tan cuasi abandonados.